Modernidad Líquida

¿Qué hay más efímero que Snapchat o las “historias” en Instagram? Parece que transitamos por una vertiginosa moda de la que quizá ya muchos están un poco hartos. Pero quien indudablemente aún no lo está —y probablemente nunca se harte— es la industria publicitaria de las grandes marcas. Ya sea con el objetivo de vender, promocionar, evidenciar una experiencia o simplemente para que a las personas no se les olvide que también pueden ser cool, muchas marcas han recurrido a los influencers: personas —o personajes— que inundan el cyberespacio en diferentes plataformas sociales y que cuentan con un gran número de seguidores, que pueden representar a futuros consumidores.

Ahora, si tú quieres que también te paguen sólo por tomarte una foto mientras posas con el producto de novedad, no te resultará nada fácil. Actualmente, los aspirantes a influencers libran una aguerrida batalla en la que parece que “ser bonito” ya no es suficiente. Sustentar la fama en el aspecto podría significar una de las más rápidas formas de ganar seguidores, por ello este tipo de comportamiento se ha masificado alrededor del mundo, y por ello la competencia entre ser el más atractivo es aún mayor. ¿Será que la belleza nos da poder? Tal vez sí, pero es un poder líquido, efímero; necesitas tener ese extra que lo mantenga en tus manos.

Por supuesto, existe una contraparte a esta historia. En fechas recientes nos hemos tratado de convencer de que la belleza no refleja superioridad ni poder con distintas campañas sobre aceptación de distintas formas de belleza —el peso, el color de piel, el tipo de cabello, etcétera. ¿Pero por qué será que a lo largo de historia humana hemos demostrado estar obsesionados con la belleza?

La belleza como un don y un todo es una de las tesis de la película “El demonio neón” (Nicolas Winding Refn, 2016). A lo largo de casi dos horas se plasma una estética muy peculiar desarrollada por el director. De forma aterradora y sublime a la vez, la cinta representa a la industria del modelaje. La ciudad de Los Angeles funge como ese inmenso lugar cubierto de luces neón que para uno de los personajes se convertirá en el demonio que la llevará al infierno.

La belleza innata de Elle Fanning —quien interpreta el papel protagónico, una inocente aspirante a modelo—, aunada a las grandes actuaciones de ella y del resto del elenco te provocarán odiar a cada uno de los personajes. Los cuerpos perfectos, lejos de romper con la historia realista en la que nos sitúa, complementa el aura de ensoñación del arte y la fotografía de la película. La película es una mezcla perfecta en la que el reparto parece haber sido una pieza más en el diseño de arte; las actrices complementan los diamantes bañados de sangre que vemos a lo largo del filme.

“El demonio neón” es un ejemplo perfecto de cómo este mundo puede envolvernos fácilmente en la belleza y la opulencia vacía. Quizá después de ver este filme te preguntarás si vale la pena aspirar a ser un “modelo de Instagram” y dejar a un lado los valores que nos podrían hacer destacar más allá de nuestro aspecto.